Poder interpersonal

Nos gusta enamorarnos de las palabras. Con el lenguaje construimos nuestro mundo y solo podemos conocer lo que cabe en él. Fuera del lenguaje no hay nada porque un objeto solo lo es en la medida que se le otorga significado. Las categorías no describen la realidad, sino que la crean. Con esta premisa de base y con nuestra admiración por las palabras como debilidad reconocida observamos que hay algunas de ellas que nos seducen especialmente: liderazgo, estrategia, influencia, persuasión… poder.

El concepto de poder está presente en todas las relaciones humanas de cualquier cultura, pero el término que lo designa se usa de forma polisémica y confusa. Dado que las dinámicas de poder interpersonal se dan en todos los niveles de interacción y, dado que cuando no se lo comprende bien, surgen multitud de problemas inexplicables, vamos a acercarnos a su naturaleza para proponer una definición.

Cuando abordamos el concepto de poder nos encontramos con el inconveniente de que no contamos con un lenguaje propio y que tenemos que definirlo con términos prestados de otros ámbitos. Utilizamos conceptos de la física como los de fuerza, peso, equilibrio, potencia, tensión. Nos referimos a él con términos bélicos: lucha, duelo, contienda. Empleamos términos del juego: movimientos, jugada, contrincantes, ganar o perder. Cualesquiera de estos conceptos son manejados a modo de metáforas útiles y validas a la hora de hablar sobre el poder, pero, al mismo tiempo, contaminan nuestras definiciones que se impregnan del sentido del campo de donde proceden estos términos.

Entendemos que el fenómeno del poder no es un equilibrio de fuerzas, sino el resultado de un conjunto de valoraciones subjetivas de las dos partes que interactúan y que dejan claro momento a momento cómo queda estructurado el entorno.

El poder es el resultado de un proceso subjetivo de valoración continua de la realidad. El proceso del que resulta el poder es una confrontación cualitativa no azarosa de recursos internos y externos de dos individuos como mínimo. Del mismo modo, es una aportación de recursos que se anulan entre ellos y, como consecuencia, dan lugar a una resultante temporal que favorece a una de las partes para influir y determinar el entorno.

El concepto de poder suele, como después veremos, confundirse con el de recurso. Presuponemos que cuantos más recursos tiene una persona más poderosa resulta, pero esto no es siempre así y, para demostrarlo, nos detendremos con todo un apartado dedicado a la naturaleza de los recursos.

Presuponemos también que el concepto de poder se confunde con los de jerarquía o autoridad y ello nos lleva a errores monumentales en el seno de las organizaciones miopes gestionadas por líderes débiles. Decimos también que la información es poder, cuando no es más que un recurso. En definitiva, el concepto de poder es confuso, está permanentemente contaminado por los lenguajes que lo definen y se suele identificar con otros conceptos con los que está muy relacionado, pero que no son sinónimos de poder.

Definición de poder

A la hora de definir el poder debemos obligatoriamente centrarnos en la realidad y comenzar describiéndolo como la resultante de un proceso, no como un a priori. El estatus de poder es un resultado, no es el inicio ni el origen de nada. Es la consecuencia del modo en que interactuamos con los demás manejando los recursos que tenemos. Si tenemos buenos recursos y somos hábiles manejándolos resultaremos poderosos, y si mantenemos nuestra habilidad en el tiempo, mantendremos nuestro poder. Si no es así lo perderemos. Tener poder no es garantía de nada porque hay que saber mantenerlo.

Por lo tanto, los dos conceptos más importantes para entender la naturaleza del poder son:

  • El concepto de recursos, en tanto que amplían o reducen nuestra posibilidad lograr satisfacer nuestras necesidades,
  • El concepto de dependencia de los demás, en tanto que absolutamente todo el mundo depende de los demás para algo en un sentido u otro.

Entendemos que el poder interpersonal es el resultado de haber aplicado con éxito una serie de recursos en nuestras relaciones interpersonales y, por lo tanto, lo definimos como la posición que resulta tras haber manejado bien los recursos que tenemos para gestionar la forma en que dependemos de los demás.

La definición encierra más complejidad de lo que aparenta, por lo que vamos a desgranarla a continuación centrándonos en sus componentes.

El poder es la posición que resulta tras haber manejado bien los recursos que tenemos para gestionar la forma en que dependemos de los demás.

Decimos que es una posición resultante porque nadie tiene en principio poder para nada. El poder interpersonal es un resultado de un acto social humano que está presente en cualquier relación, desde las que se dan en el patio de la escuela infantil hasta las que se dan en los consejos de administración: todas.

No podemos pensar en el poder como si de una cosa se tratase. El poder no es un bien tangible o intangible. Tampoco se quita ni se da. El poder surge, emerge del contacto con otros. Sin contacto no hay poder, porque fruto de ese contacto, cualquiera de nosotros, entra en una dinámica en la que necesitamos influir en los otros por los motivos que sea. Esa necesidad da lugar a algún tipo de acción y, fruto de esa intervención se obtiene la situación ventajosa de poder, pero no al revés. Del mismo modo que llevar gafas es la resultante de ser miope, el poder es la resultante de haber empleado bien una serie de recursos para lograr unos fines.

Convenimos, por tanto, que muchas personas sin saberlo tienen mucho poder, otra cosa es que sean conscientes de ello y que sepan manejarlo.

El poder, por lo tanto, es una situación de hecho, no hace falta exhibirlo para ejercerlo. Cuando alguien demuestra deliberadamente su poder está maniobrando estratégicamente para lograr un fin.

Decimos que es la resultante de la haber manejado bien los recursos. Por este manejo óptimo se entiende una actitud proactiva, una voluntad de hacer, una acción más o menos clara. Poder implica, pues, actividad. La inhibición y el escudamiento en los recursos (dinero, nivel jerárquico, por ejemplo) pueden provocar la pérdida de poder.

Esta actitud siempre activa a la hora de manejar bien los recursos puede ser más o menos consciente, más o menos deliberada, más o menos elaborada en todos sus detalles. También puede ser más o menos compleja y movilizar más o menos recursos, y puede ser más o menos rentable a largo plazo, incluso puede ser más o menos definitoria de la personalidad del que la pone en marcha.

Es una actitud que puede consistir en un acto concreto y puntual o en una estrategia difusa a largo plazo, también puede ser una estrategia copiada o propia, nueva o repetitiva. Puede dar resultados o llevar al fracaso. Podemos calificarla como lícita o ilícita. En definitiva, puede tener tantos matices y categorías que harían la lista interminable.

En cualquier caso, la idea que aquí se defiende se refiere a que la aplicación de recursos es un acto intencionado y particular que se da en el tiempo y que siempre genera resultados, sean estos positivos o negativos. El buen estratega interpersonal sabrá sacar partido de estos resultados, sean del signo que sean y sabrá detectar las puertas que se abran y que se cierren en cada momento puntual de la dinámica de la interacción.

Si el poder es la resultante de la aplicación de recursos, podemos pensar que este es el aspecto más importante de la definición, pero no es así. Los recursos definen el punto de partida de la interacción, pero no aseguran el final. Es más, y esto es muy importante, todo recurso, para ser bien usado, debe ser percibido como tal y tan importante es percibirse como poseedor de un recurso como el saber usarlo bien. Hay personas que son expertos en el manejo de un reducido número de recursos y no necesitan o desdeñan otros recursos que no valoran. Todo esto lo veremos en detalle en el apartado dedicado a los recursos. De momento nos basta afirmar que los recursos no aseguran la situación de poder interpersonal.

La definición alude también a la gestión de la forma en que dependemos de los demás. Las personas somos lo que somos y quienes somos siempre en relación con los demás. No podemos entender nuestra posición o situación sin entender el contexto y a quienes nos rodean, especialmente porque todos estamos inmersos en una red de relaciones inherente a la sociedad. En esta red de relaciones todos necesitamos algo de alguien en algún momento o situación. Además, esa situación de necesidad mutua genera asimetrías de forma que siempre existen ámbitos concretos en los que una persona depende de otra en un grado menor o mayor. Cuando se da esa necesidad hablamos de dependencia y la forma en que se maneje esta situación de dependencia por las dos partes les otorgará sus respectivas posiciones de poder.

Como hemos visto en este mismo sitio, el poder de una persona dominante no está asegurado por el hecho de ser dominante, sino que dependerá de cómo maneje su situación de privilegio y cuán hábil sea el dominado para gestionar su rol en la relación. Veremos también que dependencia no es sinónimo de inferioridad o sumisión.

Siguiendo con la definición, comprobamos que se refiere a la gestión de las dependencias que siempre son percibidas. Esto es así porque la dependencia siempre es el resultado de un cálculo mental, de una estimación, de una evaluación profundamente subjetiva. Los significados dependen siempre de quién esté escuchando y de con qué hipótesis lo hace. Por lo tanto, en teoría se puede suponer quién es dependiente de quién, como es el caso de la relación jefe y empleado, o la relación padre e hijo, pero en la práctica veremos que la realidad es mucho más rica y complicada.

El hecho de sentirse poderoso fortalece la confianza a la hora de gestionar las dependencias, y la autoconfianza, aunque es un concepto que pertenece al dominio de los recursos personales, es un rasgo determinante para gestionar a nuestro favor el modo en que dependemos de los otros.

Una dependencia interpersonal no percibida no existe, para bien o para mal de quién debería percibirla. De la habilidad para percibir dependencias presentes y futuras y de la habilidad para manejarlas se derivará la situación de poder de ambas partes. Por todo ello deducimos que la situación de poder depende de la habilidad para manejar el modo en que percibimos que dependemos de los demás.

Variables que determinan el poder interpersonal

Una vez definido el concepto de poder podemos deducir de él una serie de variables importantes que lo determinan:

  • Los modelos mentales que hacen las partes de sus relaciones de dependencia y el modo en que conciben la forma en que dependen de los demás. Veremos en otro sitio que cualquier forma de dependencia siempre es más o menos asimétrica.
  • La gestión que hacen las partes de sus propios recursos, así como la percepción que tienen de los recursos del otro.
  • Las necesidades primordiales de las partes que son fuentes generadoras de motivos.
  • La forma que tienen las partes de gestionar con mayor o menor habilidad la interacción.
  • El estilo de la estrategia de las partes a la hora de influir en el entorno para cambiarlo.

Todos los puntos anteriores nos llevan al modelo teórico que rige este trabajo y que considera que el poder interpersonal depende de la correcta gestión de estos cinco factores: relaciones, recursos, necesidades, interacción y lo que denominaremos movimientos y estrategias.

Variables que determinan el poder interpersonal

Vemos, pues, que el concepto de poder interpersonal es muy complejo y que es algo variable que se gestiona en tiempo real. En todo este sitio describiremos una infinidad de variables para influir en él y encontraremos múltiples formas de conseguirlo. Depende de la pericia de las partes en el uso diestro y habilidoso del modelo para lograr los mejores resultados con los menores costes materiales y personales.

En cualquier caso, siempre que busquemos bien encontraremos una forma para influir en el poder interpersonal, sea propio o ajeno, sea para fortalecerlo o para debilitarlo. La cuestión es saber encontrar esa puerta de entrada y tener la habilidad para poder tomar conciencia de que la hemos encontrado.

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