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La motivación y sus falacias

Motivación

Entendemos por motivación aquello que nos impulsa y que nos hace movernos hacia la consecución de un objetivo. Todos tenemos claro qué es motivación y cómo nos gusta que nos motiven, pero es un hecho que a largo plazo los motivadores pierden su efecto, ¿por qué?

Cuando hablamos de motivación entendemos que este objetivo no es nuestro sino de otro, por lo que empleamos el verbo motivar, como forma de hacer que alguien se mueva en la línea de nuestros intereses. Motivar es incitar la conducta de otro a nuestro gusto. Una persona motivada es impulsada a hacer lo que nosotros queremos que haga y de la forma que mejor nos interesa. Motivar incluiría la acción de persuadir, pero no la de coaccionar, porque en ese caso no interviene el factor falsamente voluntario que propulsa a la acción.

Hemos visto las cinco formas de entender la motivación intrínseca en este mismo sitio y hemos deducido sus implicaciones. Pero desde la concepción de la motivación extrínseca, que es la que aquí nos ocupa, el motivador esencial siempre suele ser el dinero, como gran comodín intercambiable que es por cualquier tipo de producto. Otros motivadores son bienes tangibles o, muchas veces mucho más eficaces, los intangibles, como reconocimientos, ascensos o premios simbólicos.

Todo esto es algo que todos sabemos, pero a la hora de concebir la motivación las personas y las organizaciones suelen estar bastante confundidas porque la realidad es bastante más compleja.

La falacia habitual de la motivación

Cuando pensamos en el concepto de motivación, de una forma más o menos aproximada, a todos nos ronda por la mente el razonamiento del cuadro de abajo:

“Las personas son poco dadas a la acción. El descanso y la inactividad son el estado natural de la mayoría de las personas y por eso necesitan que las motiven. La mejor forma de motivar es, o bien dar aquello que más se anhela a cambio de un esfuerzo, o bien recompensar los esfuerzos una vez realizados, ambas circunstancias, aunque parezcan la misma, no lo son.

Como en muchos casos no podemos saber lo que anhela una persona ni tenemos tiempo, ni interés en averiguarlo, podemos recurrir al motivador universal que es el dinero: un comodín intercambiable por los deseos más personales, fácil de administrar y siempre con buena aceptación. Las personas cuando trabajan, en realidad, están vendiendo su tiempo y su esfuerzo a cambio de dinero en una transacción pactada con un contrato más o menos respetado por las dos partes. Eso es el trabajo.

A más recompensa, más motivación. A más motivación más productividad. Cuanto más grande es el premio, más grande es el esfuerzo por conseguirlo. Esto es algo que tienen que tener en cuenta las empresas a la hora de recompensar a sus empleados.

En cualquier ámbito, sin estímulo no hay reacción. El arte de estimular a la acción es el arte de la motivación. Es algo tan simple como la aplicación de energía a los objetos. Si se los impulsa se mueven, de lo contrario tienden a pararse.”

La reflexión personal sobre la motivación

Todo lo anterior es matizable. Todas las personas somos seres activos y nuestra naturaleza nos lleva a la actividad; a nuestra actividad para cubrir nuestras auténticas necesidades. La motivación artificial, entendida como la acción de un agente externo sobre nuestra valoración de la realidad para conseguir un impulso en nuestra actividad, no es más que un mecanismo artificial para forzar esa actividad en cuanto a su cantidad y calidad. Todo cambio de ritmo impuesto desde fuera y, por lo tanto, forzado, a la larga agota y provoca el efecto opuesto al requerido o simplemente pierde su efecto y lleva a la apatía. A largo plazo nunca es sostenible, pero se mantiene porque no se sabe hacer otra cosa.

Trabajar es algo más que un pacto por el que cada uno de nosotros vende su tiempo, conocimientos y su esfuerzo a cambio de dinero. En ese contexto todos nosotros buscamos un valor añadido a ese trueque de dinero por esfuerzo y tiempo, y siempre hay una serie de factores que nos llevan a realizar ese intercambio en un ámbito concreto y no otro. Esos factores son la clave de nuestra actividad.

Si el factor motivador no va en la línea de los intereses del motivado, entonces estará representando un papel ante la persona que le pretende motivar, pero poco más.

El dinero es cierto que es un comodín, el gran motivador y un recurso básico, pero no lo es todo. En un análisis de vicios y de malas praxis se pueden descubrir las múltiples formas en que se puede acceder al premio del dinero sin haber resultado motivado en absoluto. Incluso se pueden entrever las prácticas de ahorro de recursos personales y de optimización de los propios recursos para lograr el premio aportando lo mínimo posible. En este sentido la inteligencia y la imaginación lograrán el medio de obtener el premio sin implicarse demasiado.

En pocas palabras: recurrimos al motivador del dinero porque no encontramos otra forma mejor de movilizar a las personas, pero es un hecho comprobado que grandes cantidades de este motivador no logran grandes cantidades de motivación a largo plazo. También, visto de otro modo, recurrimos a los premios porque entendemos que las personas necesitan que las motiven siempre, pero ¿es verdad que necesitan que las motiven siempre?

Crédito de la foto: wuestenigel Flickr a través de Compfight cc

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Después de toda una vida dedicada a la gerencia y organización de grupos pienso que el ser humano no puede entenderse si no es en relación con los demás. Me alegro de poder compartir contigo mis aprendizajes a cerca del complicado mundo relacional.
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